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sábado, 3 de septiembre de 2011

Censo echa por tierra teoría de "inmigración descontrolada"


Por Marcelo Falak

DIARIO AMBITO, BUENOS AIRES.-

http://www.ambito.com/noticia.asp?id=600356


En diciembre del año pasado, cuando el calor apretaba, la ocupación del Parque Indoamericano disparó, una vez más, una polémica que es tan vieja como la Argentina: ¿hay demasiados inmigrantes? Algunos políticos hablaron entonces de "inmigración descontrolada" y ciertos comunicadores denunciaron su "baja calidad", definiciones al menos inoportunas en momentos en que "vecinos indignados" la emprendían a golpes y hasta tiros contra esos ocupantes. ¿Dónde nos ubica ahora la realidad, dados los datos del Censo 2010 conocidos ayer? 

Resumidamente, la avalancha migratoria es sólo producto de alguna imaginación afiebrada. Según se reveló, los extranjeros que habitaban nuestro país cuando se sacó la fotografía demográfica el 27 de octubre del año pasado eran 1.805.957, en su gran mayoría hermanos de países limítrofes. Esta cifra representa un 4,5% de la población total de 40.117.096 habitantes. 

La comparación es muy sencilla. En el censo anterior, realizado en 2001, los extranjeros suponían el 4,2% de la población, en 1991 el 5%, en 1980 el 6,8% y en 1970 el 9,5%. Y cuanto más atrás se va, la proporción no deja de subir; ¿no somos acaso un "crisol de razas"? Así, fue del 13% en 1960 y del 15,3% en 1947. El resto es la historia conocida de la Argentina como receptor de un mar de inmigrantes europeos, tendencia que tocó su punto más alto en 1914, cuando estos daban cuenta de 29,9% del total. 

Alguno podrá alegar que la concentración geográfica hace que la "sensación térmica" de la inmigración sea más elevada. Imposible para la memoria colectiva de una ciudad como Buenos Aires, la que, sumada a su cinturón suburbano, supo registrar casi un 50% de extranjeros durante décadas, al menos entre 1869 y 1914. Con el tiempo esa proporción fue cediendo, pero su declive acompaña el que se observa al analizar los números generales del país. 

Otros argumentarán que muchos extranjeros no figuran en el censo debido a su carácter no registrado. Tampoco es cierto. Por un lado porque la encuesta registró un elevadísimo alcance del 97% de los hogares, mal que les pese a los émulos del Consejero de la Guerra del fin del Mundo de Mario Vargas Llosa, que en los días previos hacían campaña contra el censo como si de la peste se tratara. Por el otro, porque la proporción de inmigrantes documentados no ha parado de crecer desde 2004 de la mano del programa Patria Grande. 

¿Y si esto, esa regularización, "esconde" el verdadero número de extranjeros? Otra vez, imposible. Los cientos de miles de personas alcanzadas han recibido un DNI especial, que les brinda residencia, no naturalización. 

Ana María Edwin, directora del Indec, se entusiasmó ayer, durante la presentación de los resultados, al afirmar que "por primera vez desde 1914 aparece un cambio en la tendencia descendente" de la proporción de extranjeros "y se verifica un leve aumento, probablemente producto de las mejores posibilidades de inserción laboral". ¿Acierta en el diagnóstico? 

Sin duda, el 4,2% del censo precedente se ve superado en este por 0,3 punto porcentual. Algo leve, muy leve, desde ya. ¿Alcanza para señalar un cambio de tendencia? Seguramente no. Ocurre que la foto de la Argentina de 2010 corresponde a la de un país que crece a tasas casi chinas, lo que lo convierte en un centro de atracción de mano de obra de países limítrofes. Esa imagen contrasta drásticamente con la del Censo 2001, cuando la recesión y el desempleo apretaban y expulsaban del país no sólo a inmigrantes sino a los propios argentinos, aspirantes a refugiados económicos ellos mismos, que hacían colas larguísimas frente a los consulados europeos. Aparte, la crisis de la convertibilidad expresaba una sobrevaluación enorme del peso que también tendía a revertir los flujos migratorios, dada la inconveniencia de trabajar en la Argentina para quienes aspiraban a enviar remesas a sus familias fuera del país. Bien probable parece, entonces, que el ínfimo repunte que alegró a Edwin sea, en verdad, ficticio y que la evolución de la variable pase más por el estancamiento o por la largamente tendencial disminución de la presencia extranjera en el país.